Para la mayoría de las personas, un martillo, un destornillador o un alicate son simplemente herramientas, pero para Rosalba García representan mucho más. Con ellas encontró la manera de sacar adelante a sus cinco hijos, construyó el negocio que hoy atiende en el Punto Comercial Santa Lucía y aprendió un oficio que, durante muchos años, estuvo asociado principalmente a los hombres.
Escrito por: María Hernández
Pero antes de conocer cada herramienta de memoria, su vida era muy diferente.
Durante más de 20 años trabajó lavando ropa y en casas de familia, pero el dinero ya no le alcanzaba para sostener a sus hijos. Pensó entonces en vender herramientas, un oficio que conocía gracias a un hermano que trabajaba en el sector de la construcción.
Con sus últimos ahorros compró un palustre, unos punteros y algunos objetos más. Las acomodó en un pequeño cajón de madera y salió a venderlas.
“Uno nunca sabe de lo que es capaz hasta que la vida lo obliga a intentarlo”.
Con el tiempo, aquel pequeño cajón dejó de ser solo la forma en que exhibía sus productos para convertirse en el comienzo del negocio que transformó su vida.
Por más de 15 años trabajó en la calle, donde el frío, la lluvia y el sol hacían parte de su jornada. Mientras atendía a sus clientes, encontraba el tiempo para regresar a casa, preparar el almuerzo de sus hijos y volver nuevamente a vender.
“Me tocaba dejarlos, ir hasta la casa, dejarles el almuerzo y volver otra vez a trabajar. Siempre me tocó luchar, pero Dios ha sido muy grande conmigo”, afirma.
Con el paso de los años, aquellas herramientas que empezó vendiendo en un cajón la acompañaron hasta el Punto Comercial Santa Lucia, administrado por el Instituto para la Economía Social - IPES. Allí encontró un lugar para seguir haciendo crecer el negocio que había construido con esfuerzo y dedicación.
Hoy basta verla atender a un cliente para entender que las herramientas son apenas una parte de su trabajo, también escucha, aconseja y orienta. Rosalba conoce tan bien el oficio que, cuando no tiene un producto, incluso sabe dónde recomendar conseguirlo.

Rosalba asegura que las ventas le enseñaron que siempre hay algo nuevo por aprender. / Fotografía: María Hernández
Pronto entendió que podía ofrecer mucho más que herramientas, por eso incorporó esencias, jabones, velones y otros productos que complementaran las ventas.
Hoy, su negocio sigue cambiando, pero hay algo que permanece igual: Las ganas de aprender. A sus 75 años, Rosalba continúa levantándose antes del amanecer para abrir su local. Después de décadas dedicadas a las ventas, asegura que el mayor aprendizaje no ha sido conocer cada herramienta de memoria, sino entender que siempre hay algo nuevo por aprender.
“Estoy muy agradecida porque aprendí mucho. Uno a veces cree que no tiene más oportunidades, pero la vida siempre lo sorprende. Míreme aquí, a mis 75 años, feliz y trabajando para salir adelante”.
Quizás por eso, cuando toma un martillo, un destornillador o un alicate entre las manos, Rosalba no ve solamente una herramienta, ve el trabajo con el que sostuvo a su familia, el oficio que aprendió casi por necesidad y el camino que la llevó hasta el negocio que hoy sigue atendiendo con el mismo orgullo con el que empezó.
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