Antes de que alguien le pida un tinto o un paquete de galletas, Adolfo Páez Colmenares suele escuchar otra pregunta: ¿Jugamos una partida?
Son las nueve de la mañana en la carrera Séptima y frente a su quiosco ya hay varios tableros de ajedrez ocupados. Algunos jugadores observan en silencio cada movimiento, otros discuten estrategias mientras el ruido de los vendedores, las conversaciones y el constante paso de peatones se mezcla con el ir y venir de las piezas sobre el tablero.
Escrito por: María Hernández
Adolfo sonríe. Va de una mesa a otra, acomoda fichas, responde preguntas y saluda a quienes pasan a visitarlo. Muchos ni siquiera lo llaman por su nombre.

Desde hace 18 años, Adolfo Páez atiende su quiosco en el centro de Bogotá mientras mantiene vivo el sueño de formar nuevos jugadores de ajedrez. / Fotografía: Santiago Supelano
A sus 62 años vende cigarrillos, dulces, bebidas y periódicos desde un quiosco que recibió hace 18 años gracias a una alternativa comercial del Instituto para la Economía Social - IPES. Ese espacio, ubicado en el centro de Bogotá, le permitió dejar atrás años de trabajo en la calle y construir algo que va mucho más allá de un negocio.
“Mi sueño es tener una escuela de ajedrez”, dice. Y aunque nunca ha tenido un salón propio ni un tablero mural colgado en una pared, lleva años construyendo ese sueño al aire libre.
Cada día, decenas de personas llegan al quiosco de Adolfo para disputar una partida y aprender de quienes todos conocen como “el profe”. / Fotografía: Santiago Supelano
El ajedrez llegó a su vida cuando tenía siete años y nunca volvió a irse. “Me podía quedar horas mirando una partida. Muchas veces ni me dejaban jugar porque era muy niño, pero yo volvía al otro día. Algo tenía el ajedrez que siempre me hacía volver”, recuerda.Lo acompañó mientras practicaba judo durante más de 20 años, mientras buscaba distintas maneras de ganarse la vida y también durante los años en que asumió la responsabilidad de sacar adelante a sus dos hijas.
Mucho antes de tener el quiosco, Adolfo vendió crema dental, cepillos de dientes, juguetes y cuanto producto apareciera para poder llevar dinero a casa. Fueron años del rebusque diario, de caminar buscando clientes y de llegar cada noche pensando en cómo sacar adelante a su familia.
Por eso, cuando conoció los procesos que ofrecía el IPES, decidió apostarle a una alternativa que le permitiera tener mayor estabilidad y construir un futuro más tranquilo. Cuando recibió el quiosco, vio la oportunidad de hacer algo que llevaba décadas imaginando.
A menudo ubica varias mesas frente al módulo y, poco a poco, lo que comenzó con un par de tableros terminó convirtiéndose en un punto de encuentro para personas de todas las edades. Algunos llegan por curiosidad. Otros pasan a diario. Hay quienes juegan una partida rápida antes de volver al trabajo y quienes permanecen durante horas analizando movimientos.

Adolfo rara vez permanece quieto. Si no está atendiendo el quiosco, está observando una partida, explicando una jugada o pensando en el siguiente movimiento. Por eso, muchos dejaron de llamarlo por su nombre, para todos es ‘El profe’.
Para él, el ajedrez va mucho más allá de un juego. “Hay personas que llegan con problemas, se sientan a jugar y cuando terminan me dicen que ese rato les ayudó mucho”.
Esas son las historias que más recuerda. También habla con orgullo de los jugadores que han llegado desde distintas ciudades del país para conocer el lugar. Entre las fotografías que conserva está una junto al gran maestro búlgaro Veselin Topalov. Pero cuando la conversación parece dirigirse hacia los logros, él vuelve siempre al mismo tema: El sueño de ser el mejor.
Aún estudia aperturas, estrategias y finales de partida. Sigue participando en torneos cuando tiene la oportunidad y mantiene intacta la meta que lo acompaña desde pequeño: convertirse en instructor y abrir una escuela de ajedrez.
“Yo quería tener una escuela de ajedrez y pues aquí la tengo en la calle, al lado de mi quiosco”, dice. La frase resume buena parte de su historia, porque mientras las ventas del quiosco le permiten salir adelante y apoyar a su familia, las mesas de ajedrez le han dado vida a algo mucho más grande: Un espacio donde las personas se encuentran, conversan, aprenden y comparten alrededor de un tablero.
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