“Yo le regalé este negocio a mi hijo gracias a lo que pude ahorrar. Esto es para él, para que siga adelante con su familia”, menciona Francisco González, mientras mira hacia el mostrador de su cigarrería ubicada en Villa Alsacia.
Escrito por: Karen Lombana
Allí trabaja junto a su hijo mayor, John Nelson, un hombre de 42 años que enfrenta una compleja condición de salud tras perder sus dos riñones y que debe asistir a tratamientos de diálisis día por medio.
Lo que para muchos clientes es una tienda de barrio más, para esta familia representa tranquilidad, estabilidad y la posibilidad de construir un futuro. Pero llegar hasta aquí no fue fácil.

A sus 72 años, Francisco conserva la disciplina que lo ha acompañado toda la vida. Durante dos décadas trabajó como mensajero, hasta que comprendió que el paso del tiempo comenzaba a cerrar puertas laborales y que no contaba con una pensión que le garantizara tranquilidad en la vejez.
“Uno llega a cierta edad y empieza a preguntarse qué va a pasar más adelante. Yo siempre he sido trabajador y nunca me ha gustado quedarme quieto”, recuerda.
Buscando una alternativa para sostenerse, comenzó a trabajar en las calles de Chapinero. En la esquina de la calle 60 con carrera 13 instaló un pequeño carrito con el que vendía tinto, chocolate, pan, dulces, paquetes y gaseosas.
Las jornadas eran largas. Madrugaba todos los días para conseguir el dinero suficiente para pagar una habitación en arriendo y cubrir sus gastos básicos. Sin embargo, había algo que le preocupaba más que su propio bienestar: el futuro de su hijo John Nelson.
“Yo siempre pensaba en cómo ayudarlo. Sabía que por su salud conseguir trabajo no era fácil”, cuenta Francisco

Fue entonces cuando encontró una oportunidad a través de las redes sociales. Allí conoció la oferta del Instituto para la Economía Social (IPES) y decidió acercarse para conocer los programas de apoyo dirigidos a la población de la economía social.
Así llegó a Antojitos, un programa de emprendimiento social del IPES diseñado para apoyar la generación de ingresos de personas mayores de 60 años y personas con discapacidad. A través de módulos comerciales tipo vitrina, ubicados en entidades distritales y lugares estratégicos de Bogotá, los participantes comercializan productos como bebidas, confites, dulces y otros artículos de consumo diario.
Actualmente, la ciudad cuenta con 101 puntos de Antojitos distribuidos en diferentes sectores.
Para Francisco, aquel módulo representó mucho más que un espacio de trabajo: fue la oportunidad de construir el futuro que tanto soñaba para su hijo.
Su primer destino fue un punto ubicado en el edificio Connecta, sobre la calle 26. Durante cuatro años trabajó allí con dedicación, fortaleciendo poco a poco su negocio y asegurando el sustento diario.
Gracias a su compromiso y buen desempeño, posteriormente fue trasladado a un módulo de Antojitos ubicado en la Secretaría Distrital de Salud. Para entonces ya tenía un objetivo claro: ahorrar 50 millones de pesos para comprar un negocio propio.
“Me puse una meta y trabajé para cumplirla. Todo lo que podía ahorrar lo guardaba pensando en ese sueño”, recuerda.
Las ventas constantes, sumadas a una administración cuidadosa de sus ingresos y al acompañamiento recibido por parte del IPES, le permitieron acercarse cada vez más a ese propósito. Hasta que apareció la oportunidad.
Mientras revisaba publicaciones en redes sociales encontró un local comercial en venta en el barrio Villa Alsacia. Antes de tomar una decisión, buscó orientación y evaluó la viabilidad del negocio.
Finalmente, decidió invertir los ahorros que había reunido durante años de trabajo. Pero lo que nadie esperaba era que el negocio no quedaría a su nombre.
“Yo lo compré pensando en mi hijo”, un hombre de 42 años, con esposa e hijos, que enfrenta una condición médica compleja que le exige asistir a terapias de diálisis día por medio. Esta situación dificulta su acceso a un empleo convencional y durante años representó una preocupación permanente para su padre.
Por eso, cuando logró cumplir su meta, Francisco tomó una decisión que cambiaría la vida de toda la familia: registró la cigarrería y toda la documentación legal a nombre de su hijo.
“Yo le regalé este negocio a mi hijo gracias a lo que pude hacer ahorrando cuando trabajé en Antojitos. Esto es para él, para que siga con el negocio y pueda sacar adelante a su familia”.

Hoy ambos trabajan juntos. Los días en que John Nelson debe asistir a sus tratamientos médicos, Francisco se encarga del local desde temprano. Al otro día, la jornada es de padre e hijo, hombro a hombro, atendiendo clientes, organizando mercancía y fortaleciendo el negocio que construyeron con años de esfuerzo.
El próximo 29 de junio, don Francisco celebrará 73 años de vida. Aunque el Instituto para la Economía Social mantiene abierta la invitación para apoyarlo en la culminación de su bachillerato y otros procesos de formación, hoy su mayor satisfacción está detrás del mostrador de la cigarrería y en la sonrisa de su hijo.
Historias como la de Francisco reflejan cómo el trabajo, la disciplina y el acceso a oportunidades pueden transformar proyectos de vida. Porque detrás de cada emprendimiento hay mucho más que una actividad económica: hay familias, sueños y personas que no renuncian a construir un mejor futuro para quienes más aman.
Oficina Asesora de Comunicaciones
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