Son las diez de la mañana en la carrera séptima con calle 24 y el centro de Bogotá ya va a media marcha. Buses, oficinistas, turistas que preguntan por el Museo del Oro, estudiantes que bajan hacia la Jiménez. En medio de ese movimiento, dos mobiliarios semiestacionarios se levantan uno junto al otro como si llevaran toda la vida ahí.
Escrito por: Francisco Javier Reyes Farak
En el primero, dulces, galletas y paquetes bien surtidos. En el segundo, el vapor de un tinto recién servido que se mezcla con el aroma de los jugos naturales. Detrás del mostrador, tres personas que comparten algo más que el negocio: El apellido, historias y, sobre todo, el turno de cuidarse los unos a los otros.
Gustavo Torifio tiene 42 años y lleva más de una década trabajando en la calle. A su lado, aunque en un mobiliario aparte, están sus padres: Mercedes Pulido, de 74 años, y Miguel Torifio, que en agosto cumple 70. Entre los tres suman décadas de experiencia, pero la historia de esta familia empieza mucho antes, en un lugar muy distinto a la Carrera Séptima.
Mercedes es de Ramiriquí y Miguel de Ventaquemada, dos municipios boyacenses separados por pocos kilómetros de distancia pero que, curiosamente, no fue allá donde se conocieron.
Hace más de 45 años, cada uno llegó a Bogotá por su cuenta, empujado por el desplazamiento que dejó la explotación esmeraldífera en su región y por la falta de oportunidades que el campo ya no ofrecía. Fue la ciudad la que los cruzó en el camino. Aquí se conocieron, aquí formaron su familia y aquí, con el tiempo, tuvieron cinco hijos: Cuatro hombres y una mujer.
La familia se dividió por caminos distintos: Uno de los hermanos de Gustavo está por graduarse como docente; su hermana combina un emprendimiento de reciclaje, con su registro como recicladora de oficio entregando certificados de disposición final a quienes le contratan el servicio; y los dos hermanos menores viven fuera del país, uno trabajando en logística de vehículos para una plataforma de venta y el otro comercializando café colombiano en Estados Unidos.
Gustavo fue quien se quedó más cerca, cerca de la séptima y, sobre todo, cerca de sus padres.
“Vivo con mis padres, aquí cerca del centro, cerca de la alcaldía local de Santa Fe”, cuenta, y de una vez aclara cuál es su rutina, la casa, trabajo, y estar pendiente de la salud de los dos.
Es el hijo que acompaña, el que hace fila en la EPS si toca, el que revisa que no falte nada. Sus hermanos ayudan desde la distancia, pero es él quien sostiene el día a día. Y ese día a día empieza, para los tres, mucho antes de que la Séptima despierte del todo.
El origen de los dos mobiliarios se remonta a 2017, un año que Gustavo recuerda con precisión porque marcó un antes y un después para todos los vendedores informales de Bogotá.
La entrada en vigencia del Código Nacional de Policía y Convivencia había puesto en aprietos a quienes trabajaban en el espacio público, hasta que la Corte Constitucional expidió la sentencia, en la que reconoció a los vendedores informales como sujetos de derechos en todo el país. A partir de ese fallo, el IPES diseñó los mobiliarios semiestacionarios como una alternativa para trabajar con reglas claras.
Para acceder a ellos, la familia pasó primero por un proceso de caracterización como vendedores informales y luego por varias capacitaciones del IPES sobre convivencia ciudadana y uso adecuado del mobiliario, mientras se definían los contratos de aprovechamiento económico del espacio con apoyo de DADEP.
“Antes teníamos un solo mobiliario para muchas cosas y se veía desordenado”, recuerda Gustavo. Hoy, separar la actividad cambió por completo la imagen del punto, pues en uno, la dulcería y la paquetería de don Miguel; en el otro, los jugos y las bebidas calientes que vende Gustavo. Orden que se nota, y que también se siente.
Ese orden, sin embargo, no elimina los retos propios de vender en la calle. Este año, por ejemplo, un nuevo decreto les ordena, por su seguridad, cerrar a las seis de la tarde.
Pero para Gustavo, la venta informal es, ante todo, una forma de ganar algo que no tiene precio:“Al principio se vuelve esclavizante, porque uno empieza a nadar en un mar de ideas”, admite, “pero cuando eso se aterriza a la realidad, uno entiende que más que vender en la calle, lo que gana es independencia”.
No hay patrón que le apruebe o le niegue un permiso; hay, eso sí, la responsabilidad de asumir cada día que no se trabaja.
Esa independencia, dice, se construye con disciplina. Uno de los aprendizajes que más repite es que todo el dinero que entra por las ventas debe reinvertirse en el negocio, sin sacarlo para cubrir otros gastos, así el efectivo sea escaso.
Fue así, paso a paso, como la familia llegó a comprar la vivienda donde hoy vive junta, cerca del centro. Un logro que Gustavo no atribuye a la suerte, sino a la persistencia: “Esto no es para todo el mundo. Hay compañeros que no aguantan, que no son constantes. Esto es de persistir y no desistir”.
En el punto de la séptima, mientras tanto, la vida sigue su curso. Mercedes y Miguel se han vuelto figuras conocidas del sector. Clientes de más de 45 años que llegan casi a diario y jóvenes universitarios de la Tadeo, la Inca, la Central o la Distrital que se acercan durante el semestre.
Con unos y otros conversan largo, comparten anécdotas, se ríen. “Son personas muy activas, muy alegres, muy contemporáneas”, dice Gustavo de sus padres, y se nota el orgullo con que lo cuenta. El punto de venta no es solo su sustento, es también su forma de seguir conectados con la gente, incluso a esta edad.
La próxima etapa de esa historia ya está en marcha. Mercedes aplicó a un local en una plaza de mercado, donde madre e hijo planean montar una cafetería propia, un espacio techado que la resguarde del sol y del frío bogotano, y que le permita consolidar su propia unidad productiva. Es, en el fondo, la misma lógica que ha guiado a la familia desde el principio, dar un paso, afianzarlo y desde ahí dar el siguiente.
Gustavo reconoce que la relación entre los vendedores informales y la institucionalidad ha cambiado con los años. De una etapa marcada por la represión policial, dice, se ha pasado a un enfoque de recuperación del espacio público más sostenido e integral, en el que el IPES ha jugado un papel central.
Cuenta el caso de compañeros que, gracias al apoyo, ahora también trabajan los domingos y festivos en la ciclovía con apoyo del IDRD, aprovechando la misma experiencia que construyeron entre semana en sus puntos fijos.
Al final de la conversación, sentado entre el mobiliario de su padre y el suyo propio, Gustavo resume lo que ha aprendido en estos años en una frase que bien podría ser el título de esta historia: la venta informal, dice, es de mucha persistencia, más que de resistencia. Es perseverar sin desistir. Y en su caso, esa persistencia tiene apellido de familia: se llama Torifio Pulido, y se conjuga todos los días, muy temprano, en dos mobiliarios que ya son parte del paisaje de la séptima.
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